Aquel silencio que me acecha desde la lejanía y que viene tras de mí, cautiva entre murallas de piedra y de leyendas antiguas. Son los fantasmas del pasado que se burlan y me señalan con el dedo…
Tiemblo por un dolor que cubre mi alma y mi corazón y es el miedo quien cautiva mis actos por la pérdida, haciéndome estremecer en un llanto sin fondo…
Te grito para pedir auxilio, pero no acudes…
Ahora son mis labios los que callan y son mis puños los que golpean sin cesar, una, otra y otras mil veces más, hasta sangrar…
Y aún así, no vienes…
Con la mirada en el cielo, espero por aquello que no pregunto…
Descalza, cubro una parte del camino para volver a retroceder…
Con los ojos cerrados, te miro…
Sin aliento, te canto…
Con todas mis fuerzas, te abrazo en el aire…
Y ahora que las palabras están olvidadas…
Sólo me quedan estas líneas escritas en la orilla…
Que con el tiempo, las olas serán las únicas de borrar.
Coventina
